Por: Ailcia Giménez-Bartlett

La maldición de los clasicos

Odio a los clásicos. Son un horror, una pesadilla. Para empezar, ¿Quiénes son los clásicos? Siempre pensé que se trataba de los escritores, filósofos y artistas que vivieron en Grecia y Roma hace muchísimos años. Pues no, más tarde me enteré de que también son clásicos autores como Dante, Balzac, Kant y pintores como Velázquez o Miguel Ángel. Un montón, y todos ellos vivieron en épocas posteriores a los clásicos de verdad, los de toga, barba y sandalias de cuero. ¿En qué quedamos, no es moderno todo lo que no es clásico? Parece que no. Es clásico todo lo que sucede en la cultura un tiempo atrás y sirve como de guía, como para que los demás sepan que ése es el camino adecuado. Claro que tampoco lo entiendo. Según lo que he venido leyendo en los libros, los autores modernos de todo tipo lo que buscan es no parecerse a los clásicos, rebelarse contra sus reglas, superarlos. Por no hablar de otras acepciones más frívolas. Por ejemplo, mi amiga Mónica me dijo el otro día que el vestido que le había regalado su tía no le gustaba porque era demasiado clásico. Una pesadilla. Todo es clásico o nada es clásico y no se sabe siquiera si ser clásico es bueno o malo.

Me llamo Aurelia. Tengo dieciséis años y estudio el último curso de Bachillerato. Mi padre es profesor de Matemáticas en la Universidad y mi madre… mi madre es profesora de Lengua y Literatura clásicas, las de verdad, las de griegos y romanos. Claro, pensarán ustedes, tener una madre que enseña los clásicos ya es una tragedia en sí mismo, suficiente motivo como para detestarlos. Una madre puede hacerte detestar cualquier cosa hasta sin proponérselo siquiera. Las madres ya son pesadísimas “per se” (como diría la mía). Si son profesoras, su pesadez aumenta unos cuantos enteros y si la materia de la que se ocupan son los clásicos entonces es como si los pobres hijos vivieran soportando el peso de una enorme piedra que no les permite respirar.

¿Estoy exagerando? No, en absoluto. Crecí entre frases latinas y… creo que es mejor que les ponga un ejemplo verídico para que se hagan una idea cabal del problema. Situación: Mi madre hace un pastel de cumpleaños para mi padre. Lugar: estamos en la cocina. Yo sentada, ella de pie, leyendo los ingredientes de una vieja receta que tiene escrita en un papel. He aquí sus palabras:

“Este pastel voy a cocinarlo IN MEMORIAM de tu abuela. Le quedaba buenísimo, aún lo recuerdo. Ya sabes que en mi CURRICULUM VITAE no figura la repostería como una de mis virtudes, pero IN EXTREMIS habrá que comérselo igual, aunque no esté perfecto. Podía haber pasado por la pastelería, pero prefiero hornearlo EX PROFESO, ya que es el cumpleaños del PATER FAMILIAS. Ya verás, es como un DELIRIUM TREMENS de chocolate. Bueno, ALEA IACTA EST, voy a meterlo en el horno y veremos qué sucede. Mientras se cuece ayúdame a recoger todo este MARE MAGNUM que he organizado en la cocina”.

Y bien, ¿exageraba? ¿A quién le apetecería comerse un pastel semejante? ¡Es como si mi madre hubiera sacado la receta de un maldito diccionario clásico! Pero no crean que he sacado el ejemplo de un día específico en el que ella estaba especialmente inspirada. Nada de eso, sigue las mismas pautas en otras circunstancias de la convivencia habitual. Dice: “A PRIORI vamos a ver qué calificaciones has obtenido. A POSTERIORI decidiré si tienes permiso para asistir a esa fiesta”.

Cuando no arreglo bien mi habitación es como si la oyera canturrear: “No puedes marcharte dejándolo todo patas arriba. Te lo he repetido AD NAUSEAM”.

¡Insoportable! Y piensen que estoy refiriéndome sólo a expresiones sueltas, porque de vez en cuando cita a los clásicos con frases enteritas. Cuando tiene que corregir los exámenes de sus alumnos se sienta a la mesa del salón, pega un suspiro profundo y resignado y susurra: “ARS LONGA, VITA BREVIS”. Si estoy cerca de ella se vuelve hacia mí y traduce: “La tarea es larga, la vida breve”, y al final añade: “Lo dijo Hipócrates”.

Un día en que estábamos cenando tranquilamente y mi pobre padre pidió servirse un poco más de asado después de haber acabado su ración, mi madre le espetó: “COPIA CIBORUM, SUBTILITAS IMPEDITUR”. Aquello era nuevo para nosotros, así que cuando nos vio a todos observándola con los ojos redondos por la sorpresa, se dignó a brindarnos la traducción, que pronunció despacio y con pompa: “Las comidas abundantes embotan la inteligencia”. Mi padre contraatacó alegremente soltando el típico: “MENS SANA IN CORPORE SANO”, que no venía a cuento, pero fue aceptado. Continuó comiendo como un jabato.

Nadie se libra de su furor grecolatino. En el colmo de los colmos, hasta nuestro gato, que naturalmente se llama Virgilio, recibe de vez en cuando parrafadas en lengua muerta. Recuerdo una ocasión en que mi madre estaba alterada. Había tenido mucho trabajo, líos, compromisos… no sé exactamente qué contratiempos. El caso es que se sentó en un sillón, con una taza de té y unas pastitas que debían servirle para relajarse. Mi padre la llamó desde la cocina y tuvo que levantarse para atenderlo un momento. Al regresar, comprobó con desánimo que el bueno de Virgilio estaba zampándose sus dulces. Pues bien, en vez de pegarle una bronca o lanzarle una zapatilla para disuadirlo de su fechoría, que hubiera sido lo habitual, lo más normal del mundo, lo que hizo fue mirar tristemente al felino y soltarle: “TU QUOQUE, BRUTE, FILI MI?”. Naturalmente Virgilio no entendía un carajo, ni yo tampoco, pero me abstuve de preguntar nada porque, como mi madre estaba nerviosa, igual después de todo el zapatillazo me lo pegaba a mí, y no al gato.

Hace unos cuantos años, el gobierno de España, no sé exactamente cuál, y más concretamente el Ministerio de Enseñanza publicó en el Boletín Oficial un decreto por el que se suprimía del bachillerato el estudio de las lenguas clásicas. Todos los periódicos y noticiarios generales se hicieron eco de la noticia. Los alumnos del país aplaudieron al unísono. Yo, la primera, imagínense, mis vítores y cánticos de felicidad llegaron hasta el techo. Sin embargo, cuando regresé a casa aquella tarde me encontré con un cuadro dramático. Mi madre lloraba mientras mi padre intentaba consolarla. Lloraba muy en serio, con auténticos lagrimones, y no porque aquella disposición ministerial le afectara profesionalmente, ella daba clases en la Universidad, no en un Instituto. No, su enorme aflicción nacía de su convencimiento de que los jóvenes estudiantes iban a perder muchas cosas importantes en la vida por culpa de aquel decreto. Perderían la sabiduría de los clásicos, su capacidad de reflexión, de profundización. Perderían sus consejos, claros y seguros, basados en la experiencia, la humildad y el sentido común. Perderían el arte de pensar, de gobernar, de hacer política. Dirían adiós a la diversión increíble que se obtiene leyendo su Mitología, llena de dioses, semi dioses y hombres envueltos en líos galantes, en metamorfosis fabulosas, en espantosas venganzas, en enamoramientos rutilantes con sus raptos a lomos de bravos toros. Olvidarían con el tiempo la lección de Historia que nos brindan Atenas y Roma, con conspiraciones, fidelidades, polis democráticas, tratados, legiones victoriosas, conquistas y decadencias, batallas no sólo bélicas sino también intelectuales, leyes, tribunos y emperadores locos… Lloraba con toda el alma. Mi padre, como digo, intentaba consolarla, pero era curioso, no le restaba importancia a lo negativo de aquella decisión gubernamental. Al contrario, aportaba razones desde su punto de vista profesional por las que no estudiar a los clásicos era una barbaridad. Aún resuenan sus palabras en mis oídos: “La lengua latina tiene una raíz lógica importantísima. Los parámetros que se generan estudiándola, estructuran el cerebro de los alumnos de tal manera que el conocimiento de las Matemáticas se vuelve más asequible, más evidente”. Lejos de lograr que mi madre se recompusiera de su disgusto, aquellos argumentos la sumían todavía más en su desconsuelo. “¡Tales de Mileto!” pronunciaba entre hipidos.

Mi padre es un santo, aunque no lo haya dicho aún de modo directo, se deduce de lo que voy contándoles a ustedes. Se llevan bien mi madre y él, se quieren y esas cosas. Él es simpático, despistado, con gran sentido del humor y no se toma las cosas tan trágicamente como ella. A ciencia cierta no sé qué opina sobre el desmedido amor de mi madre por los clásicos. Le sigue la corriente, se burla un poco. Prefiere no criticar sus exageraciones, prefiere no entrar en ninguna controversia. Suele aparecer en escena diciendo bobadas surrealistas, latinajos que no pintan nada en la situación: “¡CARPE DIEM!”, “¡VENI, VIDI VICI!”, “¡BENEDICTA TU IN MULIERIBUS!”, “AVE, CAESAR”, “ORA ET LABORA”. A veces es peor, porque se inventa su propio latín macarrónico: “¿A qué hora CENATURUS SUMUS?” Al principio mi madre se enfadaba por semejante falta de respeto, pero ahora ya lo deja por imposible. “AD HORAM NONAM”, le contesta, y se queda tan fresca.

Para ser completamente sincera debo decir que el estar tan familiarizada con los clásicos a veces me ha venido bien. Por ejemplo, me he apuntado muchos tantos positivos en la escuela. En una ocasión la profesora de Literatura nos pidió que escogiéramos una frase de un personaje célebre, daba igual si no era escritor. Podía ser filósofo, general del ejército o pintor de la corte. Hablé con mi madre y ella me prestó varios libros. Después de pensarlo mucho, escogí la siguiente frase que dijo Epicteto:

Acusar a los demás de nuestras desgracias es una prueba de la ignorancia humana. Acusarnos a nosotros mismos es empezar a entender. No acusar ni a los demás ni a nosotros mismos es la verdadera sabiduría.

Me encantó cómo sonaba la frase. Supuse que significaba algo así como: “Cuando te pasa algo malo y se lo cargas a los otros es que eres un histérico y un egoísta. Si siempre te crees que es culpa tuya, acabas agobiándote por todo. Si no te calientas la cabeza y piensas que las cosas van como van, no te metes en problemas y sigues adelante, que es lo conveniente”. Luego me puse a darle vueltas y me dio la impresión de que la frase entraba en contradicción con otras muchas cosas que decían los clásicos, como por ejemplo, que hay que conocerse a uno mismo y también que hay que analizar mucho todas las cosas. Pero en fin, si Epicteto dijo eso y su frase todavía anda dando vueltas por ahí, sus razones tendría.

Triunfé por todo lo alto. La profesora se puso casi a aplaudir y estuvo elogiando la sutileza y profundidad de mi elección. Mis compañeros habían buscado frases de Shakespeare, de Confucio, de Napoleón, pero nada de nada. La mía fue la que gustó más. Luego la profesora nos pidió a todos que interpretáramos la dichosa frase y la verdad es que cada uno decía lo que le pasaba por las narices, pero eso no le restó ningún mérito. Al contrario, ella nos dijo que las ideas que se prestaban a diversos significados eran las buenas.

Otro día fue el profesor de Historia quien pidió que halláramos un pensamiento que demostrara cómo los clásicos están todavía de plena actualidad. Recordando lo bien que me había ido la vez anterior, recurrí de nuevo a los libros de mi madre y llevé a clase un pensamiento de Aristóteles:

“La democracia ha surgido de la idea de que si los hombres son iguales en algún aspecto, lo son en todos”.

Al profesor le encantó. Se enrolló sobre política y dijo que el sentido de la frase estaba muy claro. Los hombres nos parecemos muchísimo más de lo que creemos. Todos sentimos las mismas cosas: hambre, dolor, amor y alegría. Todos tenemos hijos y queremos lo mejor para ellos. Da igual dónde hayamos nacido, da igual que seamos refugiados o muy pobres. Pues eso, si la política cree que unos tienen derechos y los otros no, puede que sea política, pero no es democracia.

Saqué sobresaliente en Literatura y también en Historia. Mi madre se puso muy contenta. Yo también, claro, sobre todo porque encontrar aquellos pensamientos me había costado poco trabajo. Seguro que hay alguna frase de estos malditos clásicos que dice algo así como: “El éxito que exige poco esfuerzo al hombre no aprovecha a su alma”. ¡Me apuesto algo a que eso está escrito!, aunque prefiero no indagar. Y es que según todo el mundo, los clásicos ya lo han dicho todo. Cualquier cosa sobre la que podemos reflexionar, ellos ya lo habían pensado antes. Pues entonces no sé por qué demonio tenemos tantas asignaturas, con darnos una pasadita por los clásicos ya tendríamos bastante. Por no hablar de los que todavía escriben libros, ¿para qué van a estrujarse los sesos si ya está todo dicho?

Les he hablado de mi madre, de mi padre y de Virgilio, el gato. No es que haya dejado a mi hermano Horacio para el final porque sea el más importante o tenga cosas especiales que decir sobre él. Simplemente se me había olvidado que tengo un hermano. Es tres años más joven que yo y además es un imbécil, un cínico y un hipócrita. Delante de mi madre siempre anda diciendo maravillas sobre los clásicos. Busca nombres y frases latinos o griegos y los suelta cuando estamos todos juntos. “¡Me encanta lo que dijo Publio Ovidio Nasón…”. En cuanto nos quedamos los dos solos empieza a cantar por lo bajo: “Publio Ovidio Nasón era un maleducado y un mamón”. ¡Es de un infantilismo insoportable!, es pueril, como diría mi madre. Quiere estudiar ingeniería informática. Dio un disgusto enorme a nuestra madre cuando lo comunicó en casa. Ahora ya se ha resignado.

Como ven, mi historia con los clásicos no tiene desperdicio, y eso que aún no he acabado de contarles. Ahora viene lo mejor, o debería decir lo peor… No sé, juzguen ustedes.

Ya no soy una niña. Sé que quiero estudiar Medicina. Es una carrera larga y difícil, pero estoy segura de que llegaré a conseguirlo. Me gustan los chicos lo normal, pero me gustan. Siempre he preferido los deportistas. Tipos altos y fuertes que pertenecen a algún club de fútbol, o de rugby o a alguna asociación de practicantes de ciclismo o natación. Que no sean tontos ni torpes, por supuesto. Me gusta que sean buenos lectores y brillantes en los estudios, pero que eso no lo represente todo en su vida. Me gusta que después de una sesión académica o buen libro les entre la furia de la competición y las ganas de correr, lanzándose a dar por el deporte lo mejor de sí mismos.

Me había fijado en algunos chicos de la clase. Juan es bueno en Biología y cuando acababa la jornada, se iba a entrenar diariamente en el equipo de fútbol del instituto. Era el capitán. Tenía un pelo moreno y abundante, los dientes regulares y los hombros muy anchos. Era guapo. Estuvimos tonteando… tú me gustas, yo te gusto… merendamos algún día los dos solos en el bar. Pero al cabo de un mes estaba harta de él. Sólo hablaba de fútbol. Está bien que te guste un deporte, que lo practiques, que te interese comentar las proezas de los grandes equipos… pero ¿es absolutamente necesario entrar en el detalle de cada gol, en las capacidades de cada maldito jugador de cada maldito equipo no sólo de tu país sino de todo el orbe internacional? Además, no tenía el más mínimo sentido del humor. Un día, para tomarle un poco el pelo, le dije que a mí el equipo de fútbol que me gustaba de verdad era el del Vaticano. No le hizo la menor gracia. Me contestó que era una inculta deportivamente hablando. Lo mandé al infierno, claro está.

Ha pasado el tiempo y… bueno… la vida es como es… He sido muy sincera con ustedes hasta el momento y mi deber es seguir siéndolo hasta el final. Debo decir que hace tan sólo un par de semanas conocí a un estudiante de primero de Farmacia y… me gustó desde el principio. Creo poder decir sin temor a equivocarme que me he enamorado por completo de él. Veamos, no es mi tipo físico ideal. No es atlético, musculoso y de espaldas anchas como un porteador. Más bien es alto, eso sí, pero delgaducho, de brazos y piernas larguísimos y tiene una espalda tirando a estrechita. Los ojos, azules. La mirada, lánguida. El deporte no es algo que le emocione especialmente, no juega al maldito fútbol ni practica natación. Sin embargo, le encanta dar largas caminatas por el campo, observando la claridad del día o el sereno crepúsculo. ¡Es un romántico, qué le vamos a hacer! Se llama Sergio. No es competitivo, ni brusco, ni cree saberlo todo. Es cariñoso, amable, sensible y su conversación resulta variada y llena de interés. A mí me parece encantador.

Ya sé que no se puede hablar del futuro de nuestra relación. Sería precipitado, sería absurdo. Pero si nos ponemos en plan práctico y le damos alas a los sueños, debemos reconocer que una pareja compuesta de médica y farmacéutico no está nada mal. Es una apuesta segura de cara a la sanidad de una familia. Son profesiones compatibles, casi complementarias. Lo malo es que… algo malo tenía que aparecer en un retrato tan perfecto. Lo malo es la razón por la que Sergio escogió sus estudios. Sus padres son farmacéuticos los dos. Esa sería una razón bien lógica para justificar su elección: seguir la vocación familiar y aprovechar sus ventajas; pero resulta que no. Según Sergio se enamoró de los estudios de farmacia ojeando desde pequeño los libros de botánica que sus padres habían empleado en sus carreras. El sonido de las plantas en latín lo cautivó, le pareció que le abría un mundo de infinitas posibilidades. Recitó para mí: “Betula pendula, Petiveria alliacea, Lythrum hyssopifolium, Colletia paradoxa, Acacia angustifolia, Abies excelsa”. Me quedé de una pieza. ¿El sonido maravilloso de las plantas medicinales había decidido su futuro profesional? Así era, al parecer, pero no era eso lo peor. Lo peor, lo terrible fue lo que me confesó después: gracias a este inicio botánico se había apasionado por el latín, por el griego, por el mundo clásico en general. ¿No era mi destino trágico, incomprensible, al menos terriblemente vengativo hacia mí? La maldición de los clásicos me perseguía de manera implacable. No pude por menos que echarme a llorar. Sergio no entendía nada, así que tuve que explicarle la historia de mi infancia de pé a pá.

Me consoló como pudo. Me juró de modo solemne que nunca cambiaría sus estudios de Farmacia para convertirse en un profesor de latín. Intentó convencerme de que lo suyo era simple afición cultural y no vocación perpetua. Y luego, cuando yo ya iba serenándome, me tomó las manos, me miró a los ojos y dijo muy dulcemente: “OMNIA VINCIT AMOR”, “AMOR VITAE ESSENTIA EST”, “AMORE MORTUUS SUM”.

¿Qué podía hacer yo?, ¿enviarlo al cuerno? No tuve más remedio que transigir. A decir verdad, nunca el latín me había parecido tan maravilloso como en sus labios. Me rindo, acepto la maldición. No descarto acabar utilizando clámide, tatuarme la loba capitolina en el muslo y en caso de tener hijos, se llamarán Drusila de ser niña y Jenofonte si es un varón. Si vinieran gemelos, ya se sabe: Rómulo y Remo. Al fin y al cabo, si lo pensamos bien, de los clásicos procedemos todos. Puede que sus lenguas ya estén muertas, pero lo que dijeron vive aún, ¡les habla una testigo! Y para demostrar que soy una conversa les diré: “FINIS CORONAT OPUS”, “ACTA EST FABULA”, que traducido a nuestra vida actual significa: “Este cuento se ha acabado. Vámonos todos a tomar una cerveza bien fría”.

Ailcia Giménez-Bartlett

di: Ailcia Giménez-Bartlett

Traduzione di Maria Nicola

La maledizione dei classici

Odio i classici. Sono un orrore, un incubo. Tanto per cominciare, chi sono i classici? Ho sempre pensato che fossero gli scrittori, i filosofi e gli artisti vissuti in Grecia e a Roma tantissimi anni fa. E invece no, un pomeriggio ho scoperto che sono classici anche autori come Dante, Balzac, Kant e pittori come Velázquez e Michelangelo. Un mucchio di gente vissuta molto tempo dopo i classici veri, quelli con la toga, la barba e i sandali di cuoio. Come la mettiamo? Quello che non è classico, non dovrebbe essere moderno? Sembra di no. È classico tutto quello che è successo nella cultura un bel po’ di tempo fa e funziona ancora adesso come una specie di guida, per indicarci la strada giusta. Ma poi non capisco neanche questo. A quanto ho letto nei libri, gli autori moderni di ogni epoca fanno di tutto per non assomigliare ai classici, per ribellarsi alle regole, per superarli. Senza contare poi i significati più frivoli della parola. L’altro giorno, per esempio, la mia amica Mónica mi diceva che il vestito che le ha regalato sua zia non le piace, perché è troppo classico. Che gran casino. Tutto è classico oppure niente è classico e non si capisce nemmeno se il fatto che una cosa sia classica sia un bene o un male.

Mi chiamo Aurelia. Ho sedici anni e faccio la terza liceo. Mio padre insegna Matematica all’università e mia madre… mia madre insegna Lettere classiche, quelle vere, quelle dei greci e dei romani. Certo, direte voi, avere una madre che insegna i classici è già una tragedia di per sé, un motivo sufficiente per detestarli. Una madre può farti detestare qualsiasi cosa, e mica lo fa apposta. Le madri sono già parecchio pesanti PER SÉ (come direbbe la mia). Se poi sono professoresse, la pesantezza aumenta in misura esponenziale, e se la materia di cui si occupano sono i classici, allora noi figli siamo costretti a vivere sotto un enorme macigno che non ci lascia nemmeno respirare.

Sto esagerando? Magari. Sono stata allevata a forza di sentenze latine, e… Ma forse è meglio che vi faccia un esempio reale perché possiate avere un’idea del problema. Situazione: mia madre fa una torta di compleanno per mio padre. Luogo: la cucina di casa nostra. Io seduta, lei in piedi che legge la lista degli ingredienti di una vecchia ricetta scritta su un foglio. Ecco le sue precise parole:

«Questa torta la faccio IN MEMORIAM di tua nonna. Le veniva buonissima, me lo ricordo come fosse oggi. Tu sai che nel mio CURRICULUM VITAE l’arte della preparazione dolciaria non figura tra le mie prerogative, ma come EXTREMA RATIO ci toccherà mangiarcela lo stesso, anche se non sarà perfetta. Potevo passare in pasticceria, ma preferisco farla EX PROFESSO, visto che è il genetliaco del PATER FAMILIAS. Vedrai, sarà un DELIRIUM TREMENS di cioccolato. Comunque, ALEA IACTA EST, la metto in forno e vediamo cosa succede. Nel frattempo aiutami a risistemare il MARE MAGNUM che c’è qui in cucina».

Allora, esageravo? Chi avrebbe voglia di mangiarsi un simile impasto? È come se mia madre parlasse continuamente con un vecchio prontuario di sentenze latine tra le mani. Ma non pensiate che io abbia pescato l’esempio da un giorno particolarmente ispirato, macché, lei funziona così in ogni momento della vita. Dice: «A PRIORI, non ho niente in contrario che tu vada a quella festa. Ma deciderò A POSTERIORI, quando saprò che voti hai preso». Quando non riordino la mia stanza prima di uscire mi sembra di sentire la cantilena: «Non ti sognare di andartene lasciando tutto sottosopra. Te l’ho già ripetuto AD NAUSEAM».

Insopportabile! E dire che finora ho riportato solo espressioni isolate, perché i classici ogni tanto lei li cita con tutta la frase completa. Quando ha le prove d’esame degli studenti da correggere si siede al tavolo del soggiorno, fa un bel sospiro rassegnato e mormora: «ARS LONGA, VITA BREVIS». Se capita che io passi di lì, traduce perfino: «Le cose da fare sono tante, la vita è breve», e poi aggiunge: «L’ha detto Ippocrate».

Una sera che cenavamo tranquilli, e mio padre, povero, ha pensato di servirsi un’altra fetta di arrosto, mia madre ha tuonato: «COPIA CIBORUM SUBTILITAS IMPEDITUR». Per noi quella era una novità, e perciò quando ha visto che la fissavamo con due occhi così per la sorpresa, si è degnata di scandire lenta e solenne: «L’eccesso di cibo ottunde l’intelligenza». Mio padre ha replicato allegramente con il classico: «MENS SANA IN CORPORE SANO», che non c’entrava un tubo, ma se l’è cavata. Ha continuato a mangiare come un bue.

Nessuno si salva dal furore greco-latino di mia madre. Il colmo dei colmi è che perfino il gatto, che ovviamente si chiama Virgilio, riceve la sua parte di sentenze latine. Mi ricordo di una volta in cui mia madre era nervosa. Aveva avuto una giornata piena di non so che impegni, casini, contrattempi…. fatto sta che si è seduta in poltrona, con una tazza di tè e qualche dolcetto per rilassarsi. Mio padre l’ha chiamata dalla cucina e si è alzata per rispondergli. Al suo ritorno, il bravo Virgilio si stava già sbafando i suoi dolci. Ebbene, invece di cacciare un urlo o di lanciargli una ciabatta per distoglierlo dalla sua malefatta, che sarebbe stata la cosa più normale del mondo, ha guardato tristemente il felino dicendo: «TU QUOQUE, BRUTE, FILI MI?». Chiaro che Virgilio non ci ha capito un cavolo, e nemmeno io, ma ho preferito non chiederle niente, perché nervosa com’era, magari la ciabattata la rifilava a me e non al gatto.

Qualche anno fa il governo spagnolo, non so esattamente quale, e per essere più precisi il ministero dell’istruzione, ha emanato un decreto che aboliva l’insegnamento delle lingue classiche nei licei. Tutti i giornali e le televisioni hanno commentato la notizia. Tutti gli studenti del paese hanno applaudito con entusiasmo. Io per prima, figuratevi, le mie grida di vittoria e i miei canti di gioia facevano tremare il soffitto. Ma quando sono arrivata a casa quel pomeriggio ho trovato una scena drammatica. Mia madre piangeva, mio padre cercava di consolarla. Piangeva sul serio, lacrime vere, e non perché quella disposizione ministeriale mettesse a rischio il suo lavoro, lei insegna all’università. No, la sua disperazione nasceva dal convincimento che i ragazzi avrebbero perso un mucchio di cose importanti nella vita, per colpa di quel decreto. Avrebbero perso la saggezza dei classici, la loro capacità di riflessione, la loro profondità. Avrebbero perso i loro consigli, chiari e sicuri, basati sull’esperienza, sull’umiltà e il buon senso. Avrebbero perso l’arte di pensare, di governare, di fare politica. Avrebbero detto addio all’incredibile divertimento offerto dalla mitologia, piena di dèi, semidei e uomini alle prese con avventure galanti, metamorfosi favolose, orribili vendette, amori spettacolari con rapimenti in groppa a tori selvaggi. Avrebbero dimenticato le lezioni di storia che ci vengono da Atene e da Roma, le congiure, la lealtà, la POLIS democratica, i trattati, le legioni vittoriose, le conquiste e la decadenza, le battaglie, non solo quelle combattute con le armi ma anche quelle della parola, i tribuni, i senatori e gli imperatori pazzi… Mia madre piangeva con tutta l’anima. Mio padre, come dicevo, cercava di consolarla, ma stranamente non faceva nulla per ridimensionare la gravità di quel provvedimento. Anzi, aggiungeva argomenti, dal suo punto di vista professionale, per confermare che non studiare più i classici sarebbe stata una cosa tremenda. Mi pare ancora di sentirlo: «La lingua latina ha una costruzione logica importantissima. I criteri che si apprendono studiandola strutturano il cervello in modo tale che la conoscenza della matematica diventa più accessibile, più immediata». Invece di aiutare mia madre a riprendersi dal suo dispiacere, quelle parole la sprofondavano ancora di più nello sconforto: «Talete di Mileto!» esclamava fra i singhiozzi.

Mio padre è un santo. Anche se non l’ho ancora detto esplicitamente, lo si deduce da quello che racconto. Lui e mia madre vanno d’accordo, si vogliono bene e tutto quanto. Lui è simpatico, sempre distratto, ha un gran senso dell’umorismo, e non prende le cose tragicamente come lei. In realtà non so che cosa pensa dello smisurato amore di mia madre per i classici. Le dà corda, la prende un po’ in giro. Preferisce non criticarla quando parte per la tangente, evita di creare discussioni. Gli piace uscirsene con demenzialità surreali, frasi latine che non c’entrano niente con la situazione: «CARPE DIEM!», «VENI, VIDI, VICI!», «BENEDICTA TU IN MULIERIBUS», «AVE, CAESAR», «ORA ET LABORA». A volte è peggio, perché si inventa un suo latino maccheronico: «A che ora CENATURUS SUMUS?». All’inizio mia madre se la prendeva, le sembrava una mancanza di rispetto, ma ormai ha rinunciato e si adegua. «AD HORAM NONAM» gli risponde, senza fare una piega.

In tutta sincerità devo dire che avere tanta familiarità con i classici certe volte mi ha fatto comodo. Qualche buon voto a scuola l’ho preso. Un giorno la professoressa di lettere ci ha chiesto di scegliere una frase di un personaggio celebre, non necessariamente uno scrittore. Poteva essere un filosofo, un generale o un pittore di corte. Ne ho parlato con mia madre e lei mi ha prestato dei libri. Dopo averci pensato tantissimo, ho scelto questa frase che disse Epitteto:

Accusare gli altri delle nostre disgrazie è prova di umana ignoranza. Accusare noi stessi è cominciare a capire. Non accusare né gli altri né noi stessi, questa è la vera saggezza.

Mi era piaciuta subito un sacco. Immaginavo significasse qualcosa come: Quando ti succede qualcosa di brutto e dai la colpa agli altri sei un isterico e un egoista. Se credi che sia sempre colpa tua finisci per angosciarti per tutto. Se invece non te la prendi troppo e pensi che le cose vanno come vanno, non ti rompi la testa e tiri dritto, che è la cosa migliore.

Poi, a ben pensarci, mi è sembrato che entrasse in contraddizione con altre cose che dicevano i classici, tipo che bisogna conoscere se stessi e analizzare molto bene tutto quanto. Ma alla fine, se Epitteto l’ha detto e la sua frase se ne va ancora in giro per il mondo, un motivo ci sarà.

Ho fatto un figurone. La prof quasi si metteva ad applaudire e mi ha fatto i complimenti per l’intelligenza e la profondità della mia scelta. I miei compagni avevano trovato frasi di Shakespeare, Confucio, Napoleone, ma non c’era confronto, la mia è stata quella che è piaciuta di più. Solo che poi la prof ha chiesto a tutti di interpretare la mia bella frase, e allora ciascuno ha detto quello che gli passava per la testa, eppure questo non ha tolto nulla alla sua forza. Anzi, la professoressa ci ha detto che le idee che si prestano a diversi significati sono le migliori.

Un’altra volta è stato il prof di storia a chiederci di trovare una frase che dimostrasse come i classici sono ancora pienamente attuali. Ricordando il successo della volta precedente, sono tornata ai libri di mia madre, e ho portato in classe un pensiero di Aristotele: «La democrazia nacque dall’idea che se gli uomini sono uguali per alcuni aspetti, lo sono per tutti».

Al prof è piaciuta da matti. Si è messo a parlare di politica e ha detto che il significato è chiarissimo. Gli esseri umani si assomigliano molto più di quanto noi crediamo. Tutti proviamo le stesse cose: fame, dolore, amore, gioia. Tutti abbiamo dei figli e vogliamo il meglio per loro. Non importa dove siamo nati, non importa se siamo dei rifugiati o siamo molto poveri. Quindi, se la politica crede che alcuni abbiano dei diritti e gli altri no, allora può darsi che sia politica, ma non è democrazia.

Ho preso il massimo dei voti in letteratura e anche in storia. Mia madre faceva i salti di gioia. E anch’io, soprattutto perché trovare quelle massime mi era costato poco lavoro. Ci sarà di sicuro una frase di quei famosi classici che dice: «Il successo che non richiede sforzo non fa crescere l’anima dell’uomo». Scommetto che è scritto da qualche parte! Ma preferisco non indagare. Tanto sembra che i classici abbiano già detto tutto. Qualunque cosa su cui possiamo metterci a pensare, loro l’hanno pensata prima. E allora non so perché abbiamo così tante materie a scuola, una bella carrellata di classici potrebbe bastare. Per non parlare di quelli che scrivono ancora dei libri. Perché spremersi tanto le meningi se tutto è già stato detto?

Vi ho già raccontato di mia madre, di mio padre e di Virgilio, il gatto. Ma non ho lasciato mio fratello Horacio per il finale perché è il più importante o perché quel che ho da dire su di lui è qualcosa di speciale. Semplicemente mi ero dimenticata di avere un fratello. Ha tre anni meno di me ed è un imbecille, un cinico e un ipocrita. Davanti a mia madre parla sempre benissimo dei classici. Va a cercarsi i nomi e le frasi in greco e in latino e le tira fuori apposta quando siamo tutti insieme: «Mi ricordo di quello che diceva Publio Ovidio Nasone…». Ma appena siamo soli io e lui si mette a canticchiare a bassa voce: «Publio Ovidio Nasone era un maleducato e un coglione». È di un infantilismo insopportabile! Puerile, come direbbe mia madre. Vuole studiare ingegneria informatica. È stato un dispiacere enorme per la mamma, quando lo ha detto in casa. Ma ormai si è rassegnata.

Come vedete, la mia storia con i classici è incredibile, e dire che non ho ancora finito di raccontarvela. Adesso viene il meglio, o forse dovrei dire il peggio… Non so, giudicate voi.

Non sono più una bambina. So che voglio studiare medicina. È un percorso lungo, ma sono sicura che ce la farò. Mi piacciono i ragazzi, senza esagerare ma mi piacciono. Ho sempre preferito i tipi sportivi. Quelli alti e atletici che giocano in una squadra di calcio, di rugby, o fanno parte di qualche associazione di mountain bike o di nuoto. E che non siano dei cretini, ovvio. Mi piace che leggano e che vadano bene a scuola, ma questo non deve rappresentare tutto nella loro vita. Mi piace che dopo una mattina a lezione o un buon libro si facciano prendere dallo spirito di competizione e dalla voglia di correre, e vogliano dare il meglio di sé nello sport.

Avevo adocchiato alcuni ragazzi della mia classe. Juan è forte in biologia, e tutti i pomeriggi si allena con la squadra di calcio della scuola. È il capitano. Ha i capelli scuri e folti, i denti regolari e le spalle larghe. È un bel ragazzo. Abbiamo fatto un po’ gli scemi… tu mi piaci, io ti piaccio… abbiamo mangiato un panino da soli al bar, qualche volta. Ma dopo un mese ero già stufa di lui. Va bene che ti piaccia uno sport, che lo pratichi, che ti venga voglia di parlare delle vittorie delle grandi squadre… Ma è proprio necessario descrivere in tutti i particolari ogni gol, o le capacità di ogni maledetto giocatore di ogni maledetta squadra non solo del tuo paese ma di tutto il mondo globalizzato? E poi, non sapeva ridere. Un giorno, per prenderlo in giro, gli ho detto che a me la squadra di calcio che piace per davvero è quella di Città del Vaticano. Mi ha risposto che sono un’ignorante in fatto di sport. L’ho mandato al diavolo, chiaro.

È passato un po’ di tempo e…insomma, la vita va avanti… Fin qui sono stata molto sincera con voi e voglio esserlo fino alla fine. Devo dire che un paio di settimane fa ho conosciuto uno studente del primo anno di Farmacia e…mi è piaciuto subito. Credo di poter dire senza timore di sbagliarmi che sono profondamente innamorata di lui. Be’, fisicamente non è proprio il mio tipo. Non è atletico, non è muscoloso e non ha le spalle larghe di uno scaricatore. È alto, questo sì, però magro magro, con braccia e gambe lunghissime, e la schiena piuttosto strettina. Gli occhi, li ha azzurri. Lo sguardo, languido. Lo sport non lo appassiona granché, non gioca a calcio e non pratica il nuoto. Però gli piace molto fare lunghe passeggiate in campagna, osservando il cielo azzurro o godendosi il tramonto. È un romantico, che ci vogliamo fare! Si chiama Sergio. Non è né competitivo né brusco, e non crede di sapere tutto. È affettuoso, gentile, sensibile, e sa parlare di un mucchio di cose interessanti. A me sembra un tipo fighissimo.

Lo so che non si può parlare di futuro a questo punto della nostra storia. Sarebbe precipitoso, sarebbe assurdo. Ma se vediamo le cose dal punto di vista pratico e lasciamo volare l’immaginazione, bisogna riconoscere che una coppia così, una donna medico e un farmacista, non è niente male. Sarebbe una garanzia per la salute di una famiglia. Sono due professioni compatibili, quasi complementari. Il brutto è… qualcosa di brutto dove pur esserci, in un quadro così perfetto. Il brutto è il motivo per cui Sergio ha scelto quella facoltà. È vero che i suoi sono farmacisti tutti e due. Sarebbe già una ragione sufficiente per la sua decisione: segue una vocazione famigliare e approfitta dei vantaggi che gli offre. E invece no. Lui dice che si è innamorato degli studi di farmacia sfogliando da piccolo i libri di botanica dei suoi genitori. Lo affascinavano i nomi delle piante, gli sembrava che gli aprissero davanti un mondo di infinite possibilità. Si è messo a recitare per me: «Betula pendula, Petiveria alliacea, Lythrum hyssopifolium, Colletia paradoxa, Acacia angustifolia, Abies excelsa». Ci sono rimasta di sasso. Il suono meraviglioso dei nomi delle piante aveva deciso il suo futuro lavorativo? Era così, a quanto pare, ma non è questo il peggio. La cosa peggiore di tutte, veramente terrificante, è quella che Sergio mi ha confessato dopo: grazie a questi inizi botanici si è appassionato al latino e al greco, al mondo classico in generale. Non è un destino tragico il mio, incomprensibile, o almeno terribilmente vendicativo? La maledizione dei classici mi perseguita, implacabile. Il minimo che potessi fare era mettermi a piangere. Lui non capiva, e allora ho dovuto spiegargli tutta la storia della mia infanzia dalla a alla zeta.

Ha fatto il possibile per consolarmi. Mi ha giurato solennemente che non avrebbe mai abbandonato gli studi di farmacia per diventare un professore di latino. Ha cercato di convincermi che la sua è una semplice curiosità culturale, non una vocazione duratura, e poi, quando già mi stavo tranquillizzando, mi ha preso le mani, mi ha guardata negli occhi e mi ha detto dolcemente: «OMNIA VINCIT AMOR, AMOR VITAE ESSENTIA EST, AMORE MORTUUS SUM».

Che cosa potevo fare? Mandarlo a farsi friggere? Alla fine ho ceduto. Per la verità, il latino sulle sue labbra aveva un suono meraviglioso. Mi sono arresa, ho accettato la maledizione. Non escludo di indossare un giorno una clamide, di tatuarmi una lupa capitolina su una coscia e, quando avrò un figlio, di mettergli nome Drusilla se sarà una bambina, e Senofonte se sarà un maschio. Se avessi due gemelli, è già deciso: Romolo e Remo. In fondo, se ci pensiamo bene, tutti noi veniamo dai classici. Può darsi che le loro lingue siano morte, ma quello che hanno detto è ancora vivo, vi parla una testimone! E per dimostrare che mi sono convertita dirò: «FINIS CORONAT OPUS», «ACTA EST FABULA», che tradotto nella nostra vita di oggi significa: «Fine della storia, andiamo tutti a bere una bella birra ghiacciata».

Alicia Giménez-Barrtlett

Traduzione di Maria Nicola

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